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Almudena Grandes

Retrato de Almudena Grandes


Joshua Obil Osorio. Retrato de Almudena Grandes (CC BY-SA)
Retrato gráfico de Almudena Grandes
Joshua Obil. Retrato gráfico de Almudena Grandes (CC BY-SA)

Almudena Grandes nació el 7 de mayo de 1960 en Madrid. Tiene varios premios como el Premio Nacional de Narrativa.

Estudió Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

Los hijos de Almudena Grandes y Luis García Montero son de relaciones pasadas. Almudena tiene un varón de nombre Mauro, mientras que Luis tiene una hija llamada Irene. Su esposo Luis García Montero da clases en la Universidad de Granada, lo que hace que siempre estén trasladándose desde Madrid hacia esa ciudad andaluza.

Tiene varias obras, su primera obra es Las edades de Lulú, su segunda novela es Te llamaré Viernes y su tercera fue Malena es un nombre de tango. La cuarta, Modelos de mujer, es una recopilación de siete cuentos publicados anteriormente en varias revistas y periódicos.

En la actualidad tiene 59 años, es columnista habitual del diario El País, y contertulia en el programa Hoy por hoy de Cadena SER.


Retrato gráfico de Almudena Grandes
Daniel López Míguez. Retrato gráfico de Almudena Grandes (CC BY-SA)

Almudena Grandes Hernández es una escritora madrileña, de 59 años y nacida el 7 de mayo de 1960.

Su esposo, desde 1994, es Luis García Montero.

Su cabello es liso y negro, tiene un rostro ovalado y una estatura media.

Desde pequeña quiso ser escritora, pero por voluntad de su madre, quien deseaba que se dedicase a una "carrera de chicas", ingresó en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, aunque, según confesión de la autora, hubiera preferido estudiar latín. Tras diplomarse, comenzó a trabajar escribiendo textos para enciclopedias. También hizo algún papel en el cine (A contratiempo, de Óscar Ladoire). Era hija y nieta de "escritores de poesía aficionados". 

La primera novela que publicó fue Las edades de Lulú (1989), obra erótica que ganó el XI Premio La Sonrisa Vertical y fue llevada al cine por Bigas Luna al año siguiente

Se ha distinguido por sus posiciones políticas de izquierda, habiendo mostrado su apoyo público a Izquierda Unida anteriormente. 

Señala que España, a lo largo de la primera década del último siglo, se ha convertido en un país de “horteras y borricos”. Una sociedad, en su opinión, muy desagradable e insensible, llena de gente indiferente al sufrimiento de los demás, sumida en un espejismo de consumismo y materialismo.

En su opinión, la literatura "da alas y eleva a los lectores sobre la realidad", por eso, dice haber aprendido muchas cosas en la vida, pero aún más, en los libros que ha leído.

Enlace a la página del proyecto "Aprender con las mujeres": 

Las tres bodas de Manolita

Lectura seleccionada por Daniel Míguez

Pasaje de Episodios de una Guerra Interminable, III: Las tres bodas de Manolita (c.1)

En los buenos tiempos, las jovencitas se casan por amor. En los malos, muchas lo hacen por interés. Yo me casé con un preso en los peores, por dos multicopistas que nadie sabía poner en marcha. Tenía dieciocho años, y hasta que a mi hermano se le ocurrió complicarme la vida, ni siquiera sabía que existieran máquinas con ese nombre.

—¿Pero tú estás tonto, o qué? —le interrumpí a voz en grito—. ¡Sí, hombre, como si no tuviera yo ya bastantes...!

Problemas, iba a decir, pero Toñito se levantó de un salto para sujetarme la cabeza con una mano mientras me tapaba la boca con la otra.

—¡Que no chilles! —susurró, con tanta violencia como si pudiera triturar cada sílaba entre los dientes—. ¿Tienes una idea de la cantidad de policías que puede haber ahí abajo? —asentí con la cabeza, los ojos cerrados, y me fue soltando muy despacio—. Tú sí que estás tonta, Manolita.

Señor farolero que enciende el gas, dígame usted ole por caridad, por caridad... 

La voz de Jacinta, un pito agudo, ligeramente desafinado, cuya principal virtud consistía en dar a las bailaoras del conjunto la oportunidad de recogerse los volantes con una mano y enseñar las piernas mientras taconeaban como si tuvieran alguna cuenta pendiente con las tablas, resonó entre nosotros con tanta nitidez como si fuéramos invitados del comisario de Centro, que siempre contaba con una mesa reservada al borde de las candilejas, justo debajo del almacén de vestuario donde las trachicas tenían escondido a mi hermano. Un instante después, se abrió la puerta y Dolores, la sastra, las tijeras columpiándose en la cadena que llevaba siempre colgada del cuello y un dedal de plata encajado en el dedo corazón, asomó la cabeza con las cejas levantadas, los labios tensos, una expresión de alarma que Toñito deshizo enseguida, moviendo al mismo tiempo la cabeza y las manos para indicar que no había peligro. Cuando se marchó, Jacinta repetía por última vez el estribillo,  ¡ay, ole con ole, y olé, y olá!, pero ninguno de los dos movimos un músculo hasta que estallaron los aplausos. 

—Escúchame —sólo entonces mi hermano, que se sabía el espectáculo de memoria, volvió a hablar—. Lo único que te pido es que me escuches.

La habitación, cuadrada, espaciosa en origen, estaba dividida por dos cortinas sucesivas de trajes de flamenca, una marea de flecos y volantes de todos los colores que colgaban de las barras de metal fijadas a las paredes. En la mitad más próxima a la puerta, donde Toñito me estaba esperando cuando llegué, sólo había una mesa y una silla, la oficina en la que Dolores llevaba la contabilidad de los trajes que iban y venían del tinte, las cremalleras que se estropeaban y los zapatos que necesitaban tapas o medias suelas. Mientras las chicas volvían a taconear para ir saliendo del escenario de perfil, una por una, mi hermano apartó con las dos manos los vestidos de la primera barra, luego de la segunda, para abrir un túnel entre los faralaes con movimientos veloces, tan precisos que cuando me encontré al otro lado de los trajes, la Palmera seguía acompañando con sus castañuelas a la última bailaora. Antes de que sus dedos descansaran, todas las perchas estaban en su sitio, Toñito sentado en una butaca[…]

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