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Clara Campoamor

Retrato de Clara Campoamor


Rodrigo Pinteño Hergueta. Retrato de Clara Campoamor (CC BY-SA)



Retrato gráfico de Clara Campoamor
Rodrigo Pinteño Hergueta. Retrato gráfico de Clara Campoamor (CC BY-SA)



Clara Campoamor Rodríguez  nació el 12 de Febrero  de 1888 en Madrid, ciudad donde residió hasta su adolescencia. Se mudó por cuestiones políticas, es decir que tuvo que exiliarse. Murió el 30 de abril de 1972 en Lausana, ciudad perteneciente a Suiza.

Hija de Pilar Rodríguez Martínez, costurera, y Manuel Campoamor Martínez, contable en un periódico. Su familia paterna procedía de Cantabria y Asturias, y la materna de Madrid y Toledo. El matrimonio tuvo dos hijos más, de los que únicamente terminó sobreviviendo Ignacio, que ocupó puestos de responsabilidad política durante la Segunda República.

Tras proclamarse la República, Clara Campoamor fue elegida diputada por la circunscripción de la ciudad de Madrid en las elecciones de 1931 por el Partido Radical, al que se había afiliado por haberse proclamado este  "republicano, liberal, laico y democrático", ideas que Clara compartía.

Clara era una mujer de baja estatura, midiendo alrededor de 1’63 m, era una mujer de pelo castaño, cejas pobladas y una sonrisa poco marcada. Era una mujer muy atractiva bajo mi punto de vista.

En 1898, con diez años de edad, la muerte de su padre llevó a Clara a dejar sus primeros estudios para colaborar en la economía familiar. Estuvo trabajando de modista, dependienta de comercio y telefonista, y en las oposiciones de junio de 1909 consiguió plaza como auxiliar femenina de segunda clase del cuerpo auxiliar de Telégrafos del Ministerio de la Gobernación, con destinos sucesivos en Zaragoza  y San Sebastián.

En 1920 inició sus estudios de bachillerato, consiguiendo el título y matriculandose luego en la Facultad de Derecho, por la que se licenció el 19 de diciembre de 1924.

Uno de sus mayores pasatiempos y habilidades era la literatura: escribir libros.

Hace no mucho tiempo se hizo una película sobre Clara, llamada Clara Campoamor, la mujer olvidada.

Clara fue una mujer socialista y republicana.


Clara Campoamor nació en Madrid el 12 de febrero de 1888, y murió en Lausana con 84 años el 30 de abril de 1972, por un cáncer. 

Fue una abogada, escritora, política y defensora de los derechos de la mujer española, que estuvo cuidando de su madre hasta que se murió. Su padre murió cuando ella tenía diez años por lo que dejó sus estudios para colaborar en la economía familiar.

Clara Campoamor era de estatura media. Tenía el pelo castaño y un rostro fino y bello.

Vivió casi toda su vida en Madrid, pero al estallar la Guerra Civil se exilió a París, y publicó: La revolución española visto por una republicana.

En 1955 se instaló en Lausana, Suiza, donde murió y fueron trasladados sus restos a Guipúzcoa. 

En 1920 inició sus estudios en bachillerato, y se matriculó en la Facultad de Derecho. En 1925 se incorporó al colegio de abogados de Madrid. 

No se sabe mucho sobre sus gustos, pero algunas fuentes deducen que sus ideas sobre la igualdad de las mujeres la acercaron al PSOE, dado que en ese período escribiría el prólogo del libro Feminismo socialista de María Cambrils, dedicado a Pablo Iglesias. Pero nunca llegó a afiliarse a dicho partido, ni aceptó la colaboración de los socialistas con la dictadura de Primo de Rivera. Sí perteneció, en 1929, al comité organizador de la Agrupación Liberal Socialista, que desapareció poco tiempo después.

Sus obras son: La revolución española vista por una republicana, El voto femenino y yo: mi pecado mortal, El derecho de la mujer, La mujer quiere alas y otros ensayos, La mujer en la diplomacia y otros artículos y España: la condición de la mujer en la sociedad contemporánea.

Enlace al proyecto "Aprender con las mujeres": Mujer política: liderazgo emancipador.

El voto femenino y yo: mi pecado mortal

Lectura dramatizada por Blanca Morillo

Introducción

El libro El voto femenino y yo: mi pecado mortal fue publicado el año 1935 en Madrid por Clara Campoamor.

Su género es el ensayo. Lo escribió en 1935 con el propósito de defender su iniciativa personal en favor de la aprobación del sufragio femenino, sin la cual no habría sido aprobado por la República, dado que se opusieron tanto la derecha más reaccionaria como una parte de la izquierda, representada por Victoria Kent. Su adversaria temía que las mujeres se dejaran influir por la Iglesia para dar el voto a los partidos conservadores. Finalmente, fue promulgado con el apoyo del Partido Socialista, Esquerra Republicana y otros grupos republicanos de centro y de derecha, por 131 votos contra 127.



Fragmento

El primero de octubre fue el gran día del histerismo masculino, dentro y fuera del Parlamento, estado que se reprodujo, quizá aún más agudizado el primero de diciembre.

Esta manifestación nerviosa se localizó anchamente en las tres minorías republicanas: radical, radical socialista y acción republicana, y acusó manifestaciones agudísimas personales en diputados a quienes creíamos más serenos. Se extendió a toda la Prensa, de izquierdas y no de izquierdas, ¡Señor, si se oponía hasta El Debate!

Y el mismo Socialista, órgano de la minoría más numerosa que mantenía sus principios, acusó en artículos posteriores un cierto temor, y hablaba reiteradamente de su generosidad.

Nunca habíamos visto escapada más voluminosa y menos controlada de la nerviosidad e irritación masculinas, de la falta de ponderación masculina, de ese desconocimiento masculino de la mujer, que, como decíamos en nuestro discurso de totalidad, cada uno interpreta a su antojo, y mientras los radicalófobos laríngeos la acusaban de clericalismo, elementos tradicionalistas y de derechas, como los Sres. Lamamié de Clairac y D. Antonio Royo Villanova, se oponían también y votaban en contra, ni más ni menos que el Sr. Guerra del Río. Todos esos sentimientos, viejos como el mundo, se concretaban y localizaban en una verdadera fobia centrada contra mí, su accidental y obligado paladín. Esa actitud que confesaba, a su pesar, todas las debilidades de su pregonado criterio liberal republicano, la fragilidad ideológica de los hombres que se habían venido aplicando, con arrogante exageración, el marchamo de ideas avanzadas, su falta absoluta de equidad, de verdadero sentido democrático, su desnudez de visión política, su carencia de anhelo evolutivo, su postura negativa de avestruz, al oponerse a incorporar al ejercicio de la libertad al importante núcleo que sólo en el ejercicio de la democracia podía ganar las virtudes de cuya carencia la acusaban gratuitamente. ¡Pobres hombres políticos, aferrados a la esperanza de que nada se transformara en el país, a que nada evolucionara, a que nada ni nadie se despertara espiritualmente y caminara hacia el porvenir! Ese espíritu medieval y retardatario les mostró en toda su genuina incapacidad para transformar la Nación y crear una República inconmovible. Su actuación coetánea y posterior en todos los problemas que pedían solución a un régimen que llegaba demasiado tarde, y por ello precisaba forzar su marcha, fue la misma. Miedo a todo, prudencia de valetudinario; horror a «herir intereses», apocamiento ante toda transformación... Con el mismo espíritu actuaron en todas las cuestiones que les estaban sometidas, y lograron al fin infectar a la República el morbo de parálisis infantil con que se acercaron a ella, que le ha puesto en trance de deformidad y ha retardado su franco y normal crecimiento. 

Continuó la discusión del artículo 36 el día primero de octubre, interviniendo el Sr. Vidarte en favor de la reducción de la edad electoral y en contra del voto femenino Victoria Kent, a la que por la Comisión contesté. Opinaba la Srta. Kent «que el voto femenino debía aplazarse, que no era el momento de otorgarle a la mujer española...; para variar de criterio hubiera necesitado ver en las calles a las madres pidiendo escuelas, en las calles prohibiendo a sus hijos que fueran a Marruecos... La mujer no se lanza a las cuestiones que no ve claras, y por eso eran necesarios unos años de convivencia con la República. Cuando transcurran esos años y vea la mujer los frutos de la República (¡pobre, aún los está esperando...¡), será mejor ocasión... Si las mujeres españolas fueran todas obreras, si hubiesen atravesado un período universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, ella se levantaría frente a toda la Cámara a pedir el voto femenino».

Defendí mi tesis en la siguiente intervención: «Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, Srta. Kent; comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer (Rumores.), al verse en trance de negar, como ha negado, la capacidad inicial de la mujer. (Continúan los rumores.) Creo que por su pensamiento ha debido pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos. (Nuevos rumores.) Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la cordialidad necesaria, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. Que ¿cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres? (Rumores.)¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se las concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no se está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas como las otras las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No influye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y ha de ponerse un lazareto a los de la mujer? Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. (Varios señores diputados: Sí.—Otros señores diputados: No.) ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis —fijaos bien— afirmando su personalidad afirmando la resistencia a acataros. 

Conclusión

La mentalidad dominante, a pesar de que se impuso por estrecha mayoría el sufragio femenino, siguió siendo la de quienes preferían aplazarlo hasta otra oportunidad.

Clara Campoamor pagó con la expulsión de del Partido Radical su valentía, pero siguió siendo una persona activa e influyente. El problema de aquellos años fue que el movimiento feminista, defensor de la igualdad y la paz tras la Primera Guerra Mundial, había sido desplazado por las ideologías totalitarias, principalmente el fascismo, el comunismo y los distintos imperialismos emergentes: alemán, italiano, ruso, japonés, que pretendían hacerse la guerra por el control del mundo. 

Campoamor se exilió a Suiza al principio de la Guerra Civil. Al igual que otras personalidades, como el escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, dejó clara su posición contraria a la Guerra y denunció la violencia contra la población civil en ambos bandos.

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