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Inés Joyes

Retrato de Inés Joyes


Luna Rodríguez Rubio. Retrato de Inés Joyes (CC BY-SA)

Inés Joyes nació en Madrid el 27 de diciembre de 1731 y falleció en Málaga el 1808. Fue una traductora y escritora española de la Ilustración. Se dio a conocer en el ámbito de las letras con su traducción de la novela Rasselas, Príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson. En su edición de esta obra incluye un texto propio, titulado Apología de las mujeres, que constituirá uno de los primeros ensayos feministas en España.

La Apología de las mujeres es un ensayo que dedicó a sus hijas y que escribió en modo epistolar como apéndice a su traducción de Rasselas, Príncipe de Abisinia. En él aborda la situación de la mujer en su época, denunciando la escasa educación que recibían, la desigualdad… 

El texto está escrito en primera persona y este hecho sirve para apoyar sus argumentos ya que les da validez por su propia experiencia. En él ofrece una imagen de la familia lejos de la idealización de la literatura de la época. Comparte que la familia es una institución social y educativa base de la sociedad, pero en la que la mujer no tiene grandes expectativas de desarrollo y en la que su identidad y consideración social queda vinculada al matrimonio.

Enlace al proyecto “Aprender con las mujeres”: Las pioneras de la emancipación.

Apología de las mujeres


Luna Rodríguez Rubio. Inés Joyes, Apología de las mujeres (CC BY-SA)

Introducción

Vamos a leer un fragmento del ensayo Apología de las mujeres escrito por Inés Joyes.

Inés Joyes nació en Madrid en 1731 y falleció en Málaga en 1808. Al publicar su traducción de la novela Rasselas, Príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson, lnés incluye un texto propio, titulado Apología de las mujeres, que constituirá uno de los primeros ensayos feministas en España.

Lectura

No puedo sufrir con paciencia el ridículo papel que generalmente hacemos las mujeres en el mundo, unas veces idolatradas como deidades y otras despreciadas aún de hombres que tienen fama de sabios. Somos queridas, aborrecidas, alabadas, vituperadas, celebradas, respetadas, despreciadas y censuradas. El más ceñudo filósofo suele alegrarse al ver una mujer hermosa, y el más despreciable pisaverde, después que se ha estado esmerando en atraerse la atención de un concurso de damas, sale de allí, y a todas, una por una, las ridiculiza: se jacta de que ésta se muere por él, y que la otra rabia porque no la ha tribulado obsequios, a la seria, llama hipócrita melindrosa, a la alegre, coqueta, a la que raciocina, bachillera y a la que como él solo trata de fruslerías, ignorante, siéndolo él en extremo. Mas, ¿qué digo? me quejo de la injusticia de los hombres con nuestro sexo, porque a la verdad me sobran razones, pero también es cierto que nosotras, por no saber usar de las ventajas que nos concedió la naturaleza, nos hemos constituido en este infeliz estado. Discurramos un poco, y veamos si me fundo.

Cuando Dios crió a Eva y se la dio por compañera a Adán, estaba este en el estado de gracia; luego fue favor con que quiso Dios completar su dicha. Se dejó Eva seducir por la astucia de la serpiente, y Adán se rindió a los ruegos de la mujer: pecaron ambos, y ambos llevaron su castigo. Dejo a los doctos la disputa de cuál pecó más, cuál pecó menos: lo cierto es que ambos fueron sentenciados a muerte, ambos arrojados del paraíso, ambos quedaron sujetos a las miserias del estado de la culpa, y a cada uno se le dio su pena particular; al hombre, que había de ganar el pan con el sudor de su rostro, y a la mujer, que con dolor pariría sus hijos. El que hubiese de estar sujeta al hombre (cosa que tanto nos echan en cara los preciados de discretos) fue una precisa consecuencia del estado imperfecto a que quedó reducida la naturaleza humana.

Mientras duró el de gracia mandaba la razón sin encontrar repugnancia alguna; pero al pecado se siguió el desorden de las pasiones que causan la variedad de pareceres, y en esta variedad y contradicción no habiendo subordinación alguna, todo había de ser precisamente disensiones, discordias y desorden. Así que, al hombre como más robusto y que debía ganar el pan, se le encargó la protección y defensa del otro sexo, y a esta protección era consiguiente un género de gobierno. Pero esto no se arguye desigualdad, así como no arguyen desigualdad personal, ni esencial, las varias autoridades que conocemos en el mundo. 

Manda en grado superior en la milicia un mero particular a muchos Grandes que por su nacimiento y circunstancias son muy superiores a él. En la Iglesia, en la Toga, en todas las clases sucede lo mismo; y bien se guardaría en estos casos el superior de decir soy más que fulano, porque mi empleo es superior. Asignó Dios a cada sexo sus destinos, y conforme a ellos les dotó de aquellas, propiedades que les convenían. Al hombre le dio la fuerza: a la mujer la perspicacia, y como de genio más blando y flexible, dispuso fuese su voto el segundo en las consultas. Sin embargo, no se halla en ninguna parte que prohibiese el que mandara soberanamente, pues vemos y se han visto en todos los tiempos reinos gobernados por mujeres con mucho acierto y felicidad.

Conclusión

Cuestiona la mentalidad dominante de la época cuando habla de la capacidad de las mujeres para gobernar: “...no se halla en ninguna parte que prohibiese el que mandara soberanamente, pues vemos y se han visto en todos los tiempos reinos gobernados por mujeres con mucho acierto y felicidad".

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