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Carmen Laforet

Retrato de Carmen Laforet


Andrés Julián León. Retrato de Carmen Laforet (CC BY-SA)
Retrato gráfico de Carmen Laforet
Marina Romera. Retrato gráfico de Carmen Laforet (CC BY-SA)

Carmen Laforet Díaz nació en Barcelona el 6 de septiembre de 1921, hija de un arquitecto barcelonés y una profesora toledana. Cuando tenía dos años de edad, su familia se trasladó a vivir a la isla de Gran Canaria, por motivos laborales por parte del padre. Allí transcurrieron su infancia y su adolescencia. Después nacieron sus hermanos Eduardo y Juan.

Al fallecer su madre, su padre se volvió a casar. La autora regresó a la península en 1939 y estudió Filosofía en Barcelona. Luego se trasladó a estudiar Derecho en la Universidad Central de Madrid, pero nunca terminó las carreras comenzadas.

En 1945 publicó Nada, una novela con la que ganó la primera convocatoria del Premio Nadal en 1944. Más tarde se casó, tuvo cinco hijos y se separó.

En 1950 publicó La isla y los demonios, novela ambientada en Canarias, donde se había criado. En 1955, La mujer nueva, marcada por las experiencias religiosas de la autora. 

Fue invitada a un viaje a Estados Unidos; sobre su experiencia en aquel país publicó Mi primer viaje a USA en 1981.

En las cartas a Sender también lamenta lo gris del mundillo literario, que veía repleto de envidias, enemistades y rencillas. Como consecuencia de su conciencia crítica decidió exiliarse en Roma, donde se relacionó con el círculo de Rafael Alberti y María Teresa León, entre otros.

Poco a poco la autora fue apartándose de la vida pública debido al Alzheimer que la dejó sin habla en los últimos años de su existencia. Finalmente falleció en Madrid el 28 de febrero de 2004.



Mario Pardo Viúdez. Retrato de Carmen Laforet (CC BY-SA)

Retrato gráfico de Carmen Laforet
Antonio Ángel Muñoz Rueda. Retrato gráfico de Carmen Laforet (CC BY-SA)

Carmen Laforet nació el 6 de septiembre de 1921 en Barcelona, Cataluña y falleció el 28 de Febrero de 2004 en Majadahonda, Madrid, vivió 82 años. Esposa de Manuel Cerezales González, pasó su infancia la Isla de Gran Canaria debido al trabajo de su padre. Se fue a Barcelona y luego se trasladó a Madrid.

Mujer caracterizada por su pelo corto y moreno, paletas un poco separadas y barbilla grande. Era de complexión estrecha y no demasiado alta. Una forma de vestir elegante y propia de una mujer de clase alta, intelectual y de reputación. 

Es hija de una profesora de Toledo que falleció cuando la autora era joven y de una arquitecto barcelonés. Su padre trabajaba de arquitecto y en la escuela de Peritaje Industrial y por él se mudó desde muy temprana edad a Gran Canaria. Allí nacieron sus dos hermanos, Eduardo y Juan.

En 1939 regresó a Barcelona para estudiar filosofía durante 3 años, luego se trasladó a Madrid para estudiar Derecho. No terminó ninguna de sus carreras. 

Después de publicar numerosas obras como La isla y los demonios (obra basada en Canarias) o La mujer nueva (obra que trata sobre sus experiencias religiosas) viajó a Estados Unidos en 1965. Este viaje significó muchísimo para la escritura ya que conoció a Ramón José Sender con el que mantuvo una relación epistolar. Sobre este viaje publicó una obra llamada Mi primer viaje a USA en 1981. Uno de los primeros duelos y traumas que se encontró la escritora fue la muerte de su madre, ella la recordaba como una mujer menuda, de enorme energía espiritual, de agudísima inteligencia y un sentido castellano, inflexible, del deber.

Una vez regresó a Barcelona para seguir sus estudios, se intentó formar estudiando distintas carreras pero las abandonó para dedicarse a la literatura al completo. En 1945 publicó Nada una obra con la que ganó el premio Nadal de la Editorial Destino. Está obra fue una de las más destacadas para la primera generación de posguerra y esto hizo que Carmen Laforet entrase al mundo de la fama a muy temprana edad. Años más tarde, concretamente en 1950 publicó una obra que mencioné anteriormente, La Isla y los Demonios, y en 1955 La mujer nueva. Ocho años después prosiguió su trayectoria literaria con La insolación la primera y única parte de la Trilogía Tres pasos fuera del tiempo. Las otras dos partes no llegó a publicarlas, aunque la segunda estaba completamente redactada y se editó tras su muerte: Al volver la esquina.

Le gustaba mucho escribir sobre su vida privada en sus obras y gracias a su padre fue una chica deportista y de muy buena constitución. Él le enseño nadar, a aguantar cualquier tipo de esfuerzo físico, a hacer excursiones por la isla y a tirar al blanco con pistola. 

Muy aficionada de los géneros de novela, cuento y relato. Interesada en la filosofía, los movimientos de la época y el derecho. 

Para concluir, Carmen Laforet en su novela Nada hace muestra y da una opinión sobre cómo estaba la sociedad española. Refleja el estancamiento y la pobreza en la que se encontraba la España de la posguerra. La escritora supo transmitir con esta obra, escrita con un estilo literario que supuso una renovación en la prosa de la época, la lenta desaparición de la pequeña burguesía tras la Guerra Civil.

Enlaces al proyecto "Aprender con las mujeres": 

La isla y los demonios


Andrés Julián León. Carmen Laforet, La isla y los demonios (CC BY-SA)

1. Introducción

Carmen Laforet fue una mujer y escritora rebelde de la época del exilio y dictadura

La autora en esta novela narra cuando se tuvo que mudar a Canarias por motivos laborales del padre. 

En esta escena en concreto se encuentran en el barco algunos de sus familiares camino a Canarias, concretamente a Tamarán de los Gauches: el nombre en clave que da la novela a la isla de Gran Canaria. 

2. Guión de la escena

—Matilde, ¡qué cosas dices! ¡Si aquí hay un clima estupendo! Muchas montañas de gran altura y, según mis noticias, toda clase de cultivos, desde las plantas tropicales junto al mar hasta los árboles de tierras frías... Mira ahora. No parece que esto sea el rincón más feo del mundo.

—Siempre me parecieron terribles las islas... Y las islas volcánicas, más. No puedo remediarlo: me pone nerviosa pensar que de pronto pueda haber una erupción.

—Si eso le pasa a Matilde, que es valiente, figúrate a mí, Pablo... Pero prefiero imaginarme bosques de cocoteros y ukeleles y todo lo demás, aunque sé que no existen... ¡Y soy como una niña!

No voy a conocer a mi sobrino.

—¡Oh, Daniel! No creo que aquel niño pueda haber cambiado tanto. Ya era muy alto cuando lo dejamos de ver...

—Mi pobre hermano Luis se empeñó en venirse a estas islas porque tenía la mujer tuberculosa y le dijeron que el clima sería bueno. Se vino aquí con ella y con el hijo; pero a los pocos meses su esposa murió. Más tarde contrajo nuevas nupcias y de ellas quedó un bebé, una niña, a la que no conocemos.

—Algo más que un bebé será, si tu hermano murió ya hace diez años.

—Sí, murió en un accidente de automóvil. 

3. Conclusión

Carmen Laforet representa la mentalidad de la época en cómo actúan los personajes de su familia hacia ella, que la aíslan y la tratan mal, lo representa como si la guerra civil estuviera en su familia. 

En mi opinión pienso que la obra refleja muy bien el exilio de las mujeres que quieren ser independientes bajo el dominio del patriarcado. 



Mario Pardo Viúdez. Carmen Laforet, La isla y los demonios (CC BY-SA)

Introducción

Carmen Laforet nació el 6 de septiembre de 1921 en Barcelona, Cataluña y falleció el 28 de Febrero de 2004 en Majadahonda, Madrid, vivió 82 años.

Es hija de una profesora de Toledo que falleció cuando la autora era joven y de una arquitecto barcelonés, su padre trabajaba de arquitecto y  en la escuela de Peritaje Industrial y por el se mudó desde muy temprana edad a Gran Canaria, allí nacieron sus dos hermanos, Eduardo y Juan.

En 1939 regresó a Barcelona para estudiar filosofía durante 3 años, luego se trasladó a Madrid para estudiar Derecho. No terminó ninguna de sus carreras. 

Años más tarde publicó  La Isla y los demonios,  un relato realista que está ambientado en los años 1938 y 1939, es decir, en pleno final de la Guerra Civil Española. Es una novela que transcurre en Gran Canaria y cuenta y describe la vida, aventuras y pasiones de la escritora a través de Marta. El título hace referencia a Gran Canaria (isla donde está ambientada la obra), y los "Demonios" hacen referencia a las pasiones, sentimientos y fantasías de las personas.

Ahora vamos a realizar la lectura de un fragmento de la obra. 

Narrador/a.

Personajes: 

- Marta.

- Flora.

- Anita.

- Daniel.

Lectura

Se acercó sonriente. Entonces oyó su nombre y se detuvo. No se ocultaba; estaba en el jardín a plena luz, cerca de la ventana, detrás de la que aparecían ellas, mirándolas. Si hubieran vuelto la cabeza, las niñas también habrían visto a Marta. Ella no se movía; oía sus charlas, pero lo hacía sin ningún misterio.

Lo sabe todo el mundo. Son novios. Nosotras hemos sido las últimas en enterarnos. Eso es una falta de amistad...

—Pero lo de los besos no lo creo.

—Lo vio mi hermana.

—Pero tenemos que decirle algo... Esa calamidad no se da cuenta nunca de que todo el mundo la critica.

—Y lo peor es que después se creen que todas las de la pandilla somos iguales... Se lo tenemos que decir.

Hubo una pausa. Marta suspiró en el jardín. Oyó la voz de Anita, que siempre era justa:

Todas nos hemos besado con nuestros novios... Y Flora, que no tenía novio:

—¡No digas eso...! ¡Tú...! ¡Que lo digas tú...! De ti nadie pudo decir nada nunca.

—Porque lo hice a escondidas, en el jardín... Todas protestaron.

—¡Es distinto!

—Además lo tuyo es una cosa formal. Es distinto. Se lo tenemos que decir. Mi madre, fíjate tú, está empeñada en ir a hablar con su familia... Como ella se ha criado sin madre...

Anita dijo:

—Yo se lo diré luego. ¡Es tan raro que ella nunca se dé cuenta de nada! Como siempre va distraída y no se fija en nadie, se cree que nadie se fija en ella.

Hubo otra pausa.

—Voy a poner un disco.

Tenían una gramola en el cuarto bohemio. Marta aprovechó aquel cambio de cosas para acercarse a la ventana. Estuvo allí de codos un minuto sin que la vieran, ocupadas todas en la tarea de mirar el álbum de discos. Aún dijo Flora:

—Niñas: ¿ustedes creen que estará enamorada?

Anita contestó, segura:

—Una mujer no besa a un hombre nunca sin estar enamorada. No va a perder así su dignidad. ¡Qué tontería! Claro que está enamorada. Ella conoce a Sixto de toda la vida.

Marta, allí, quieta, estaba un poco turbada cuando volvieron la cabeza hacia ella. Y las otras se sobresaltaron también. Marta pensaba que esta dulzura, este olvido que tenía desde el día anterior quizás era estar enamorada. Pero lo pensaba por primera vez. Se sentía también un poco heroína de novela. Ella había ayudado siempre a otros seres en sus noviazgos y había permanecido un poco al margen de aquello, con curiosidad y con ternura a un tiempo. También había leído muchas novelas, y algunas terribles y crudísimas, en compañía de estas mismas muchachas.

(...)

Llegó temprano a la casa de sus tíos y encontró sólo a Daniel al piano. Atraída por la música se paró en la puerta del salón. Daniel la sintió, y en vez de seguir tocando como hacía siempre, se volvió hacia ella. La miró con interés. La llamó; Marta le vio sonreír con una extraña complicidad.

—Ven..., ven.

Sobre una mesita había una botella y unos vasos.

—Vamos a brindar, nenita... por un secreto.

—¿Tú también bebes?

—Un dedito.

Los ojos de Daniel se encendieron de pronto y la acarició la cara.

—¡Quién diría que tú haces esas cosas...!

Marta se apartó, extrañada.

—¿Qué cosas?

Daniel se puso un dedo sobre la boca minúscula. Miró a todos lados.

—Hay que anclar con precauciones... El servicio puede oír. Todo se puede hacer si se guarda el decoro, nenita. Pero el decoro, ¿eh...? ¿No te gusta que te dé un pellizquito...? Tu pobre tío Daniel es un viejo ya. Sí, sí, hay que guardar el decoro... Te advierto que aquí están un poco enfadadas contigo tus tías. Matilde es algo puritana... Y Hones nunca rompió las formas... Las formas son algo importante, nenita; éste es el consejo de un viejo tío tuyo... Dame la manita... ¡Oh, tienes un poco descuidadas las manos...! Una damita como tú... ¿No sabes que estás muy guapita ahora?

Marta tuvo la sensación de que Daniel estaba borracho. Esto era muy raro. Nunca bebía, a causa de su estómago.

—¿Eh? ¿Qué dices? ¿No dices nada...? ¿Por qué te vas...? Yo estoy de tu parte...

—No me voy. —Marta estaba un poco nerviosa—. Es que no sé de lo que estás hablando...

Oh, sí; sí lo sabes. Me parece bien este pudor; pero sí sabes, sí sabes. Puedes abrirme tu pecho como a un confesor. Yo también he pecado mucho.

Conclusión

La autora refleja muy bien la mentalidad al representar ese carácter agresivo, dominante y superior del hombre y a la protagonista con una personalidad y manera de ser pasiva, perfil bajo y sumisa. En conclusión una mentalidad muy machista, que se manifiesta a través de las acciones de los personajes.

Con palabras o frases muy machistas por parte de Daniel y la actitud sumisa de Marta, aunque no deja de enfrentarse con su hermano José [en una parte elidida por Mario, guionista de la dramatización].

En la novela hay personajes que se comportan de forma contraria a la moral establecida, como la protagonista, Andrea, cuando escapa al control de su familia para ver a su amigo del pueblo o encontrarse con el pintor, Pablo, el único que la comprende, por tener también una mentalidad disidente.

Por el contrario, la moral dominante se identifica en el título del libro con “Los Demonios”. Aunque Marta duda de sí misma y piensa que sus fantasías, deseos y acciones mal vistas por la sociedad en aquella época son “demoníacas”, la experiencia le demuestra que no debe culpabilizarse.

Situaciones como las planteadas en la lectura que hemos hecho enseñan las ideas y planes que Marta tenía y que han sido duramente criticadas por todo su grupo de amigas y también más aún por su hermano José. Aunque parezca una persona vulnerable e indefensa, por la actitud agresiva de los auténticos “demonios” contra ella, sin embargo, se atreve a transgredir sus normas y a actuar como desea. Lo que no hace es imitar la violencia de quienes pretenden dominar su vida.

Retrato de Andrea


Francisco García Morales. Retrato de Andrea (CC BY-SA)

La protagonista de la novela Nada de Carmen Laforet: Andrea es una joven de 18 años; no tenemos detalles de su físico, solo sabemos que es alta y delgada (sobre todo durante su periodo de hambre) y poco más. Tal vez podamos encontrar algún otro rasgo físico en la conversación que mantiene con Pons: “ ...tienes la tez oscura y los ojos claros”.

Es un personaje de carácter débil, que se va fortaleciendo a través de la obra con todo lo que ocurre a su alrededor. Cuenta lo que pasa y lo que siente, pero es un personaje sin fuerza, sin acción propia, incapaz de transmitir sus sentimientos mientras se encuentra en la casa. Cosa que cambiará al final su amiga Ena, a la que se ve como una especie de salvadora para Andrea al rescatarla de su introvertido comportamiento y marginalidad.


Guion de la lectura, por Francisco García Morales

Introducción

Este es el momento en el que Andrea llega al piso de su familia en Barcelona en el que ella había estado en su infancia y al que vuelve tras una guerra para estudiar en la universidad.

 

Relato

Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de despertar a aquellas personas desconocidas que eran para mí, al fin y al cabo, mis parientes y estuve un rato titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. 

Se empezaron a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. 

Oí una voz temblona: «¡Ya va! ¡Ya va!».

Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorriendo cerrojos. Luego me pareció todo una pesadilla. Lo que estaba delante de mí era un recibidor alumbrado por la única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que colgaba del techo. 

Un fondo oscuro de muebles colocados unos sobre otros como en las mudanzas. Y en primer término la mancha blanquinegra de una viejecita decrépita, en camisón, con una toquilla echada sobre los hombros. 

Quise pensar que me había equivocado de piso, pero aquella infeliz viejecilla conservaba una sonrisa de bondad tan dulce, que tuve la seguridad de que era mi abuela. 

—¿Eres tú, Gloria?.

Yo negué con la cabeza, incapaz de hablar, pero ella no podía verme en la sombra. 

—Pasa, pasa, hija mía. ¿Qué haces ahí? ¡Por Dios! ¡Que no se dé cuenta Angustias de que vuelves a estas horas! 

Intrigada, arrastré la maleta y cerré la puerta detrás de mí. Entonces la pobre vieja empezó a balbucear algo, desconcertada. 

—¿No me conoces, abuela? Soy Andrea. —¿Andrea? 

Vacilaba. Hacía esfuerzos por recordar. Aquello era lastimoso.

—Sí, querida, tu nieta... no pude llegar esta mañana como había escrito.

La anciana seguía sin comprender gran cosa, cuando de una de las puertas del recibidor salió en pijama un tipo descarnado y alto que se hizo cargo de la situación. Era uno de mis tíos, Juan. Tenía la cara llena de concavidades, como una calavera a la luz de la única bombilla de la lámpara. En cuanto él me dio unos golpecitos en el hombro y me llamó sobrina, la abuelita me echó los brazos al cuello con los ojos claros llenos de lágrimas y dijo «pobrecita» muchas veces. En toda aquella escena había algo angustioso, y en el piso un calor sofocante como si el aire estuviera estancado y podrido. Al levantar los ojos vi que habían aparecido varias mujeres fantasmales. Casi sentí erizarse mi piel al vislumbrar a una de ellas, vestida con un traje negro que tenía trazas de camisón de dormir. Todo en aquella mujer parecía horrible y desastrado, hasta la verdosa dentadura que me sonreía. La seguía un perro, que bostezaba ruidosamente, negro también el animal, como una prolongación de su luto. Luego me dijeron que era la criada, pero nunca otra criatura me ha producido impresión más desagradable. Detrás de tío Juan había aparecido otra mujer flaca y joven con los cabellos revueltos, rojizos, sobre la aguda cara blanca y una languidez de sábanas colgada, que aumentaba la penosa sensación del conjunto. 

Yo estaba aún, sintiendo la cabeza de la abuela sobre mi hombro, apretada por su abrazo y todas aquellas figuras me parecían igualmente alargadas y sombrías. Alargadas, quietas y tristes, como luces de un velatorio de pueblo. 

—Bueno, ya está bien, mamá, ya está bien —dijo una voz seca y como resentida. Entonces supe que aún había otra mujer a mi espalda. Sentí una mano sobre mi hombro y otra en mi barbilla. Yo soy alta, pero mi tía Angustias lo era más y me obligó a mirarla así. Ella manifestó cierto desprecio en su gesto. Tenía los cabellos entrecanos que le bajaban a los hombros y cierta belleza en su cara oscura y estrecha. 

—¡Vaya un plantón que me hiciste dar esta mañana, hija!... ¿Cómo me podía yo imaginar que ibas a llegar de madrugada? Había soltado mi barbilla y estaba delante de mí con toda la altura de su camisón blanco y de su bata azul.

—Señor, Señor, ¡qué trastorno! Una criatura así, sola... Oí gruñir a Juan. 

—¡Ya está la bruja de Angustias estropeándolo todo! Angustias aparentó no oírlo. 

—Bueno, tú estarás cansada —ahora se dirigía a la mujer enfundada de negro—, tiene usted que preparar una cama para la señorita. 

Yo estaba cansada y, además, en aquel momento, me sentía espantosamente sucia. Aquellas gentes moviéndose o mirándome en un ambiente que la aglomeración de cosas ensombrecía, parecían haberme cargado con todo el calor y el hollín del viaje, del que antes me había olvidado. Además, deseaba angustiosamente respirar un soplo de aire puro. Observé que la mujer desgreñada me miraba sonriendo, abobada por el sueño, y miraba también mi maleta con la misma sonrisa. Me obligó a volver la vista en aquella dirección y mi compañera de viaje me pareció un poco conmovedora en su desamparo de pueblerina. Pardusca, amarrada con cuerdas, siendo, a mi lado, el centro de aquella extraña reunión. 

 

Conclusión

Como acabamos de ver, aunque Andrea llegaba ilusionada a Barcelona, nada más llegar se dio cuenta de que todo había cambiado y que tras la guerra el piso que recordaba se había llenado de sombras.

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