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Rosa Chacel

Retrato de Rosa Chacel


Jesús Pena. Retrato de Rosa Chacel (CC BY-SA)
Retrato gráfico de Rosa Chacel
Hakima El Kaddouri. Retrato gráfico de Rosa Chacel (CC BY-SA)

Llamada Rosa Clotilde Chacel Arimón, nació en 1898 el 3 de julio, falleció el 27 de junio de 1994. Nacida en una familia liberal, creció en un ambiente que le permitió desarrollar una personalidad de gran independencia, amplia cultura literaria. 

En 1908 la familia se trasladó a Madrid y vivieron cerca del hogar de su abuela materna, en el madrileño barrio de las Maravillas. Aproximadamente a los once años es matriculada en la Escuela de Artes y Oficios, y de allí pasa a la Escuela del Hogar y Profesional de la mujer, inaugurada poco después.

Al estallar la Guerra Civil, Rosa Chacel permanece en Madrid. Colaboró con publicaciones de izquierda y realizó manifiestos y convocatorias, al tiempo que realizaba trabajos como enfermera.

Durante la etapa de su exilio  en Buenos Aires publicó la novela que algunas críticas consideran la mejor de su obra literaria: La sinrazón. Pero también fue allí donde se publicaron las Memorias de Leticia Valle

Murió en 1994 y está enterrada en el Panteón de Personas Ilustres del Cementerio El Carmen de Valladolid. 



Saúl Muñoz Salas. Retrato de Rosa Chacel (CC BY-SA)

Saúl Muñoz Salas. Retrato gráfico de Rosa Chacel (CC BY-SA)

Rosa Chacel nació el 3 de junio de 1898 en Valladolid. En 1908 se traslada a Madrid al barrio de Maravillas a vivir en casa de su abuela materna.

Su madre, Rosa-Cruz Arimón, era maestra y a los 11 o 12 años matrícula a Rosa en la Escuela de Artes y oficios, pero pronto se abre la Escuela del Hogar y Profesional de la mujer y se traslada a allí.

En 1915 se matricula en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando para estudiar escultura, materia que abandona en 1918.

De 1922 a 1927 comienza a escribir Estación. Ida y vuelta, y en septiembre de 1927 vuelve a Madrid.

En 1930 publica su primera novela, Estación. Ida y vuelta, y da a luz a su hijo Carlos. Tres años después viaja a Berlín por seis meses. Con la llegada de la Guerra Civil trabaja como enfermera hasta que hay que evacuar Madrid y se va con su hijo a Barcelona, y de ahí a Valencia. En febrero de 1937 se trasladan a París hasta que en marzo 1939 se mudan a Sudamérica a vivir entre Río de Janeiro y Buenos Aires.

Vuelve en 1970, pero no será hasta 1973 cuando regrese a vivir con una beca de creación de la Fundación Juan March para terminar Barrio de Maravillas.

Hasta la muerte de su marido en 1977 continúa alternando su residencia entre Río de Janeiro y Madrid, pero finalmente se traslada a Madrid.

Durante los 80 sigue escribiendo y se dedica a rescatar sus obras. La Universidad de su Valladolid natal la hará Doctora Honoris Causa en esa época.

Enlace al proyecto "Aprender con las mujeres": Autoanálisis: rebeldía contra el varón dominador.

Memorias de Leticia Valle


Jesús Pena. Lectura de Rosa Chacel, Memorias de Leticia Valle (CC BY-SA)



Introducción

Este fragmento pertenece a la obra conocida como Memorias de Leticia Valle, elaborada por la autora Rosa Chacel.

Llamada Rosa Clotilde Chacel Arimón, era una mujer con el pelo blanco, apuesta y poseía mucha cultura y conocimiento sobre la literatura y su arte. Lanzó muchas novelas importantes como las Memorias de Leticia Valle, Barrio de Maravillas, Ciencias Naturales, etc.

Las Memorias de Leticia Valle se publicaron en Buenos Aires nada más terminar la Guerra Civil, al comienzo de su exilio.

Esta obra es una novela autobiográfica ficticia, es decir que escribe la autobiografía de Leticia, un personaje de ficción: una niña educada en las primeras décadas del siglo XX, como Rosa y su generación, que se enfrenta a un mundo totalmente dominado por los varones y por estereotipos opresivos sobre lo que debe hacer o puede aprender una niña.

Lectura

El movimiento de su mano invitando a pasar el umbral de la puerta era ya un convite.

No hubo más remedio que resignarse: me decidí a ensordecer otra vez.

A mí me gustaba llevar allí a Adriana para que doña Luisa la viese, pero que mi tía Frida fuese a ver todo lo que había en aquella casa, todo lo que doña Luisa había hecho, me irritaba a pesar de saber que iba a encontrarlo muy bien y que era persona capaz de juzgarlo.

Yo me repetía: Estamos perdiendo el tiempo. Mi tía Frida había venido a ver el Archivo, quería ver el pueblo, iba a ver después toda España. ¿Por qué se le antojaba también ver aquella casa? Se metieron en el gabinete; yo retuve a Adriana a la puerta y pedí permiso para subir al salón.

Subimos corriendo, y al abrir la puerta, yo dije:

—Tienen todavía la casa a medio arreglar.

Adriana no me hizo caso, ni observó el salón vacío; esto me gustó mucho en ella. Fue en seguida a ver la música y separó unos cuadernos, diciendo que había encontrado sus piezas favoritas. Abrió el piano e hizo una escala, pero yo no la dejé seguir porque supuse que los niños estarían aún durmiendo la siesta.

Cuando bajamos encontramos a mi tía sola en el gabinete; había convencido a doña Luisa de que viniese con nosotros al Archivo y la había hecho ir a vestirse.

Volví a tirar de la mano de Adriana y la llevé al jardín, le enseñé el palomar que estaba ya desocupado, el emparrado, el pozo: aquel día había que ver cosas.

Salimos al fin con las dos señoras y vimos calles en cuesta desde donde se divisaba la ribera del Pisuerga. Vimos la iglesia por los cuatro costados y algunos paredones de casas señoriales; después, fuimos a ver el Archivo. Mis dos tíos, Aurelia y Alberto, nos esperaban en la puerta, y entramos todos hasta el despacho de don Daniel, a quien ya se le había anunciado la visita.

Estuvimos allí sólo un momento, pero yo vi su mesa de trabajo y el ambiente que le rodeaba todos los días entre sus secretarios y ordenanzas.

Toda la patulea, uno detrás de otro, fuimos visitando salas con estanterías, con vitrinas y facistoles. Yo quería que Adriana se metiese conmigo en los huecos profundísimos que formaban los muros en las ventanas y que dejáramos a los otros seguir viendo cosas, porque allí sí que había cosas que ver: desde unos se veían patios grises, profundos, desde otros la llanura. Allí estaba todo. Había, a veces, hierros rotos que sobresalían de la pared y no se podía saber para qué habían servido; huellas en la piedra como del roce continuado de sabe Dios qué.

Yo estaba segura de que si hubiera podido concentrarme y quedarme quieta un rato en aquellos banquitos laterales que tenían las ventanas, habría llegado a comprenderlo todo, a ver todo tal cual había sido en otro tiempo, pero no nos dejaban tranquilas ni un momento. Había que seguir, había que pasar a otra y otra sala, donde estaban las cartas de santos y de reyes.

Mi tía gritaba constantemente: «¡Adriana, ven aquí, fíjate en esto!». Le hacía observar una cualquier otro detalle, y para remachárselo en la cabeza le decía dos o tres palabras en suizo-alemán.

Después vimos los sótanos, los fosos, las poternas. Después salimos, al fin, al aire libre; había ya estrellas. Vi que era poquísimo el tiempo que quedaba, pero cuando me preparaba a disponer de él, comprendí por la conversación que mi tía Aurelia les había invitado a venir a casa y que todos tomaban ya el camino.

Cosa increíble, había llegado el momento del deber. Mi tía Aurelia tenía que cumplir con ellos; esto lo repetía varias veces por semana y había aprovechado aquella tarde en que, secundada por sus hermanos, tenía más fuerzas.

Hubo dulces y copitas de Málaga. El ama trajo las bandejas y mi tía llenó las copitas cuidadosamente, como si fuesen de medicina. Yo atendía sólo a lo que pasaba en un rincón de la sala. Mi padre, instalado en su butaca, había vuelto a tomar su actitud de convaleciente. Claro que el estar tan definitivamente impedido le daba ocasión a ello, pero los relatos de la campaña, que no se habían vuelto a oír en casa, con el pretexto de que mi tío no estaba en España a su llegada, fueron volviendo a salir, escuchados atentamente por la perra. Pero esto no duró mucho tiempo: mi tía Frida cogió una silla y fue a instalarse al lado de don Daniel, tratando de acaparar su atención con preguntas relativas a cosas que había visto en el Archivo. Él no quería desatender el relato de mi padre: parecía que le impresionaba mucho; pero mi tío Alberto no comprendía que le interesase más que la charla de su mujer y redobló su atención a mi padre como disponiéndose a cargar él solo con tan penoso deber.

Puesto que seguían aislados, mi tía Aurelia fue a llevarles dulces nuevamente. Yo aproveché la ocasión, tiré con una mano de doña Luisa y con la otra de Adriana y me las llevé al comedor. Cerré la puerta y empecé a suplicar a Adriana que bailase:

—Sea como sea, igual que lo hiciste anoche. 

Fue improvisadamente y resultó maravilloso.

Ella se resistía; yo no cejaba:

—Baila, por favor; si tardas en decidirte vendrá alguien y no podrá ser. ¿No ves que os marcháis mañana? Si no lo haces ahora, ya no hay otra ocasión.

Adriana se quitó los zapatos, se escondió detrás del aparador y dijo: «La dama».

Su voz no era la del día anterior, pero empezó a bailar. Yo estaba segura de que acabaría animándose, pero no había dado diez pasos cuando irrumpió en el comedor el ama, pasó por delante de ella, sacó cincuenta cosas del aparador y se marchó al fin.

Mis ojos iban de Adriana a la cara de doña Luisa; quería ver si producía en ella el mismo entusiasmo que en mí la noche anterior y vi que sí le gustaba, pero que repartía su atención entre ell baile y el empeño que yo ponía en hacérselo admirar. Yo le apretaba el brazo y le decía:

—Me he pasado el día entero pensando en que pudiera usted verlo. ¿Verdad que vale la pena?

No pude oír su respuesta: mi tía apareció, queriendo arrancar a doña Luisa de la molestia a que se dejaba someter por condescendencia. Mi tía le decía:

—Venga usted acá, por Dios, la tienen aquí encerrada estas chicas obligándola a ver sus pantomimas.

Cuando mi tía entró, Adriana estaba haciendo de Marqués.

Conclusión 

Es una novela interesante, y muy rica en vocabulario. Como narra la historia, sus distintas escenas, es una muy buena novela y sin lugar a dudas, la mejor de Leticia Valle... Aunque sea porque solo existió en la imaginación de Rosa Chacel.

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