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Emilia Pardo Bazán

Retrato de Emilia


Teresa Alonso Llofríu. Retrato de Emilia Pardo Bazán (CC BY)

Emilia Pardo Bazán (1851-1921), por Teresa Alonso Llofríu

Escritora, periodista y catedrática, nació en La Coruña en una familia aristocrática en 1851. También se la conoce como Condesa de Pardo Bazán, ya que Alfonso XIII le otorgó este título por su importancia en el mundo literario. Es considerada una de las mejores escritoras de la historia de la literatura española y fue la precursora del naturalismo en España. Galicia, su cultura y gentes serán siempre una inspiración y estarán presentes en sus obras.

Su padre ejerció en ella una gran influencia, ya que desde niña le dio gran libertad y le proporcionó una amplia educación. Fue una lectora voraz desde muy joven, cuya pasión le convertirá en una autodidacta de la literatura e incluso buscará aprender otros idiomas para poder leer autores en su lengua original. La lectura temprana de Feijoo y las opiniones de su padre originaron en ella la profunda defensa de los derechos de la mujer, una batalla constante que librará toda su vida.

Emilia Pardo Bazán era una mujer con sobrepeso que solía llevar peinados recogidos típicos de la época. Fue una mujer culta, con gran afán de saber, segura y crítica. Se casó con José Quiroga y fue madre de tres hijos. Además, tuvo una intensa vida social con políticos e intelectuales de la época y era aficionada a los debates, donde exponía sus opiniones y sus diferentes puntos de vista. Entre sus amistades destacan Giner de los Ríos, Pérez de Ayala, Emilio Castelar y Miguel de Unamuno, entre otros. Asimismo, mantuvo relaciones epistolares con muchos de los escritores de su tiempo como Menéndez Pelayo. En resumen, fue una escritora que estuvo muy presente en la vida social, cultural y literaria, donde se ganó la admiración y respeto de escritores, políticos e intelectuales de la época, aunque también alguna enemistad.

Comenzó escribiendo poesía y ensayo, pero también tiene artículos periodísticos, libros y crónicas de viajes, numerosos cuentos e incluso alguna obra dramática. Además fue editora, corresponsal en varios de los periódicos más importantes y una gran crítica literaria.



Alicia Gamero Gento. Retrato de Emilia Pardo Bazán (CC BY-SA)
Retrato gráfico de Emilia Pardo Bazán
Alicia Gamero Gento. Retrato gráfico de Emilia Pardo Bazán (CC BY-SA)

Emilia Pardo Bazán nació el 16 de septiembre de 1851 en La Coruña, Galicia. Murió con 69 años, el 12 de mayo de 1921 en Madrid. Durante su infancia vivió en La Coruña, aunque con 18 años se trasladó a Madrid con su marido.

Es hija única de una familia noble gallega: el conde pontificio de Pardo-Bazán, José María Pardo-Bazán y Mosquera, y Amalia María de la Rúa-Figueroa y Somoza. Se casó a los 19 años con José Quiroga y Pérez Deza. Se separó de su marido, debido a que le pidió que parase de escribir. Años más tarde mantuvo una relación con Benito Pérez Galdós. Desde su primer traslado a Madrid comienza a relacionarse con políticos e intelectuales de la época, entre ellos Giner de los Ríos. Tuvo también amistad con Pérez de Ayala, Miguel de Unamuno, Ramón de Campoamor, a cuyas tertulias acudía, o Wenceslao Fernández Flórez.

Emilia era una mujer de estatura media. Destacaba por su cara redonda, de ojos oscuro y tez clara. Tenía un voluminoso porte y un pelo muy rizado, oscuro en su juventud, y muy canoso en su madurez. 

Fue educada en casa con los mejores profesores. Ya desde muy pequeña demostró su amor por la literatura y la escritura, comenzando a escribir pequeños relatos con apenas 10 años. Desde pequeña se negó a “estudiar” lo que su género obligaba como era música y economía doméstica. Su formación se basó en idiomas, literatura, historia y filosofía. Llegó a manejar con soltura el inglés, francés y alemán. A pesar de que quería ir a la universidad, no pudo al estar prohibido a las mujeres a finales del siglo XIX. Hizo de los libros y de sus amistades, su propia universidad. 

En 1873, la familia Pardo-Bazán realizó un viaje por varias países de Europa, lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original. Posteriormente agrupó todas sus crónicas en uno de sus libros de viajes, Por la Europa católica. En él Emilia Pardo Bazán abogaba por la necesidad de España de europeización.

Tuvo tres hijos: Jaime, Blanca y Carmen.  Durante ese período realizó sus primeras publicaciones como escritora, el ensayo Estudio crítico de las obras del padre Feijoo y el libro de poemas Jaime (dedicado a su primer hijo), ambas obras de 1876.

Sus principales obras fueron Pascual López: autobiografía de un estudiante de Medicina (1879), Un viaje de novios (1881), La tribuna (1883), Los pazos de Ulloa (1886-1887), entre otras.

Pardo Bazán fue una gran propulsora de los derechos de las mujeres y dedicó su vida a defenderlos tanto en su trayectoria vital como en su obra literaria. En todas sus obras incorporó sus ideas acerca de la modernización de la sociedad española, sobre la necesidad de la educación femenina y sobre el acceso de las mujeres a todos los derechos y oportunidades que tenían los hombres. Quería igualar los derechos y oportunidades de hombres y mujeres, que su voz y pensamiento fuera igual de válido. En 1906 llegó a ser la primera mujer en presidir la Sección de literatura del Ateneo de Madrid, así como la primera en ocupar una cátedra de literatura en la Universidad Central de Madrid (a pesar de tener prohibida la educación universitaria las mujeres). Tuvo que sufrir el boicot de alumnos y profesorado, estando sola en la mayoría de sus clases. Además, fue nombrada Consejera de la Instrucción Pública por Alfonso XIII.



Ignacio Martínez Fuster. Retrato de Emilia Pardo Bazán (CC BY-SA)



Retrato gráfico de Emilia
Ignacio Martínez Fuster. Retrato gráfico de Emilia Pardo Bazán (CC BY-SA)

Emilia Pardo-Bazán y de la Rúa-Figueroa, o simplemente Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de mayo de 1921). Vivió en La Coruña hasta que viajó a Madrid en su época hasta que muriese.

Es hija única de don José Pardo Bazán. Tuvo tres hijos con su pareja (Benito Pérez Galdós) llamados, Jaime Quiroga y Pardo Bazán, María de las Nieves Quiroga y Pardo Bazán, María del Carmen Quiroga y Pardo Bazán.

Emilia no era muy alta, tenía un pelo rubio recogido, en las fotos la verdad que ya se le ve bastante mayor, se le ve que no está en forma físicamente, seguramente no tenía tiempo para hacer deporte

Emilia fue una noble y novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferenciante española introductora del naturalismo en España. Fue una precursora en sus ideas acerca de los derechos de las mujeres y el feminismo.​ Reivindicó la instrucción de las mujeres como algo fundamental y dedicó una parte importante de su actuación pública a defenderlo. Entre su obra literaria una de las más conocidas es la novela Los pazos de Ulloa (1886).

Se le daba muy bien lo que hacía, parecía que el mundo hizo nacer a esta mujer para esto, era una persona brillante en lo que le gustaba.

Le gustaba mucho la literatura y el periodismo, eran sus pasiones, se dejaba todo en vivir para ello, después también le llamaban cosas como traductora y demás pero ella se centraba mucho en su trabajo y su objetivo.

Lo que sabemos de ella sobre sus opiniones es que pensaba que el mundo no paraba de apoyar al feminismo y al liberalismo en general. Era una persona que hasta que no consiguiera lo que quiere, no para.


Retrato de Fe en Doña Milagros de Emilia Pardo Bazán


Adrián Rodríguez Pérez. Retrato de Fe en Doña Milagros de Emilia Pardo Bazán (CC BY-SA)

Fe, más conocida como Feíta, es el séptimo retoño del matrimonio Neira. Tal apelativo no está exento de connotaciones injuriosas si tenemos en cuenta su aspecto físico, totalmente desaliñado y carente de cualquier atisbo de atractivo y que constituía, por ello, el objeto de burla de sus hermanas. Estas respetaban las normas que dictaba la sociedad y daban especial importancia a la apariencia, pues esta era un elemento fundamental para conseguir crear expectación  entre el sector masculino. De igual forma, su padre, Benicio Neira, tampoco concibe con demasiado agrado el hecho de que su hija ignorara totalmente los asuntos de tocador, que percibía como algo necesariamente ligado al sexo femenino.
Así, advierte en ella cierta tendencia al marimachismo y tilda su aspecto de ―hombruno.

El aspecto físico no es sino una manifestación palpable del carácter de esta; carácter marcado por una fuerte tendencia a la rebeldía en todos los aspectos, que recuerda en gran parte al de su creadora, doña Emilia, pues ―dentro de sí lleva la simiente de la rebeldía: no puede aceptar muchos de los postulados de su sociedad porque no obedecen a ninguna lógica, porque los ve hipócritas y sin valor. Lo mismo sucederá en el caso de Feíta, pues mientras Rosa o Argos podrían asociarse con el prototipo de mujer decimonónica, Feíta es un ser excepcional, reflejo de la visión especial del mundo que tenía su creadora. Esta, al contrario que sus hermanas, no sentía ningún interés por emperifollarse, por el simple hecho de que lo concebía como una banalidad.

Enlaces al proyecto "Aprender con las mujeres": 

La Tribuna


Teresa Alonso Llofríu. La Tribuna (CC BY-SA)

Datos generales de Emilia Pardo Bazán.

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) está considerada la mejor novelista española del siglo XIX y una de las escritoras más destacadas de nuestra historia literaria. Además de novelas y cuentos, escribió libros de viajes, obras dramáticas, composiciones poéticas y numerosísimas colaboraciones periodísticas, a través de las cuales su presencia fue constante en la España de su tiempo. Con su obra y con su vida puso de manifiesto la capacidad de la mujer para ocupar en la sociedad los mismos puestos que el varón, sin renunciar a lo específicamente femenino.

Esta novela de Emilia Pardo Bazán refleja el mundo obrero y las grandes diferencias entre las clases sociales. También destaca el feminismo y que las mujeres vivían y trabajaban con las dificultades de esa época, ya que son madres y tienen que sostener a sus familias.

La novela también surge de la intervención de las cigarreras en una revuelta pública en la que luchan por sus derechos laborales. Podemos ver dividida la sociedad en dos clases; la burguesía y las cigarreras. Amparo, la protagonista, combina su trabajo en la fábrica de cigarros con la política. Sigue el patrón clásico de mujer pobre que se enamora de hombre rico, sufre un embarazo un tanto inesperado y concluye en un abandono. 

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es el análisis que realiza del mundo urbano y de las clases sociales de la ciudad de Marineda. A cada clase social le asigna un espacio: de este modo, el mundo marginal se ubica en la zona del cementerio y la burguesía en la ciudad vieja, es decir, en el centro de la ciudad.


PERSONAJES

Amparo. La tribuna del pueblo, la protagonista de la obra.

La Guardiana. La cigarrera, amiga de Amparo

Ana. La Comadreja, cigarrera, amiga de Amparo.


La lectura. 

Quiso Amparo mudarse de taller, y solicitó pasar al de cigarrillos, donde le agradaba más el trabajo y la compañía.

Entre el taller de cigarros comunes y el de cigarrillos, que estaba un piso más arriba, mediaba gran diferencia: podía decirse que este era a aquel lo que el Paraíso de Dante al Purgatorio. Desde las ventanas del taller de cigarrillos se registraba hermosa vista de mar y país montañoso, y entraba sin tasa por ellas luz y aire. A pesar de su abuhardillado techo, las estancias eran desahogadas y capaces, y la infinidad de pontones y vigas de oscura madera que soportan la armazón del tejado le daban cierto misterioso recogimiento de iglesia, formando como columnatas y rincones sombríos en que puede descansar la fatigada vista. Si bien en los desvanes se siente mucho el calor, la cantidad relativamente escasa de operarias reunidas allí evitaba que la atmósfera se viciase, como en las salas de abajo. Asimismo la labor es más delicada y limpia, los colores más gratos, y hasta parece que la claridad del sol entra más alegre a bañar los muros. La limpia blancura de los librillos, el amarillo bajo de las fajas, el gris de estraza de las cajetillas, componían una escala de tonos simpáticos a la pupila. Y los personajes armonizaban con la decoración.

Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda: apenas se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo, rebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las criaturitas, que quedaron confiadas al cuidado de una vecina; en el recién, que llorará por mamar, mientras a la madre la revientan los pechos de leche.... Arriba florecen todavía las ilusiones de los primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse. La que tiene buen pelo lo peina con esmero y gracia, que para eso se lo dio Dios; la que presume de talle airoso se pone chaqueta ajustada; la que sabe que es blanca se adorna con una toquilla celeste.

Por derecho propio, Amparo pertenecía a aquel taller privilegiado.

Encontró en él muy buena acogida y dos amigas: a la una se aficionó de suyo, movida de un instinto protector; llamábanle Guardiana, era nacida al pie del santuario de Nuestra Señora de Guardia, tan caro a Marineda; y según ella misma decía, la Virgen le había de dar la gloria en el otro mundo, porque en este no le mandaba más que penitas y trabajos. Guardiana era huérfana; su padre y madre murieron del pecho, con diferencia de días, quedando a cargo de una muchacha de dos lustros de edad, cuatro hermanitos, todos marcados con la mano de hierro de la enfermedad hereditaria: epiléptico el uno, escrofulosos y raquíticos dos, y la última, niña de tres años, sordomuda. Guardiana mendigó, esperó a los devotos que iban al santuario, rondó a los que llevaban merienda, pidiéndoles las sobras, y tanto hizo, que nunca les faltó a sus chiquillos de comer, aunque ella solo tomase pan y agua. Al más raquítico se le hinchó la  cabeza. Fue preciso traerle médico y medicinas, todo para salir al cabo con que era una bolsa de agua, y que la bolsa se lo llevaba al otro mundo. A bien que el médico no sólo se negó a cobrar nada, sino que, compadecido de Guardiana, tuvo la caridad de meterla en la Fábrica, que fue como abrirle el cielo, decía ella. Después de la Virgen de la Guardia, la Fábrica era su madre. Nunca le había faltado nada a sus pequeños desde que era cigarrera, y aún le sobraban siempre golosinas que llevarles; fruta en verano, castañas y dulces en invierno. Amparo saqueaba la caja de los barquillos de Chinto con objeto de enviar finezas a la sordomudita. El taller entero tenía entrañas maternales para aquellos niños y su valerosa hermana, afirmando que sólo la Virgen era capaz de infundirle los ánimos con que trabajaba, sostenía las criaturas, y vivía alegre y contenta como un cuco.

Del casco mismo de Marineda procedía la otra amiga de Amparo: aunque frisaba en los treinta, su menudo cuerpo la hacía parecer mucho más joven. Pelirroja y pecosa, descarnada y puntiaguda de hocico, llamábanle en el taller la Comadreja, mote felicísimo que da exacta idea de su figura y ademanes. Bien sabía ella lo del apodo; pero ya se guardarían de repetírselo en su cara, o si no.... Ana tenía por verdadero nombre, y a pesar de su delgadez y pequeñez, era una fierecilla a quien nadie osaba irritar. Sus manos, tan flacas que se veía en ellas patente el juego de los huesos del metacarpo, llenaban el tablero de pitillos en un decir Jesús; así es que el día le salía por mucho, y alcanzábale su jornal para vivir y vestirse, y, añadía ella, para lo que le daba la gana. Conversaba con causticidad y cinismo; estaba muy desasnada, cogíanla de susto pocas cosas, y tenía no sé qué singular y picante atractivo en medio de su fealdad indudable. Presumía de bien emparentada y relacionada; un primo suyo desempeñaba la secretaría del Casino de Industriales; una tía ricachona vendía percales, franelas y pañolería en la calle estrecha de San Efrén; la mayor parte de sus amigas cosían por las casas, o eran oficialas de la mejor modista. Además, conocía mucho señorío, del cual hablaba con desenfado. ¡Buenas cosas sabía ella de personas principales!

Sentábanse las tres amigas juntas, no lejos de la ventana que daba al puerto. Al través de los sucios vidrios, barnizados de polvo de rapé, que se había ido depositando lentamente, y en cuyos ángulos trabajaban muy a su sabor las arañas, se divisaba la concha de la bahía, el cielo y la lejana costa. La zona luminosa de un rayo de sol, bullendo en átomos dorados, cortaba el ambiente, y el molino de la picadura acompañaba las conversaciones del taller con su acompasado y continuo tacatá, tacatá. Agitábanse las manos de las muchachas con vertiginosa rapidez: se veía un segundo revolotear el papel como blanca mariposa, luego aparecía enrollado y cilíndrico, brillaba la uña de hojalata rematando el bonete, y caía el pitillo en el tablero, sobre la pirámide de los hechos ya, como otro copo de nieve encima de una nevera. No se sabía ciertamente cuál de las amigas despachaba más: en cambio, a su lado, encaramada sobre un almohadón, había una aprendiza, niña de ocho años, que con sus deditos amorcillados y torpes apenas lograba en una hora liar media docena de papeles. Guardiana le enseñaba y daba consejos, porque la chiquilla, silenciosa y triste, le recordaba su sordomudita, inspirándole lástima; mientras Ana contaba noticias de la ciudad, que sabían al dedillo. Un día que hablaron de lo que suelen hablar las muchachas cuando se reúnen, la Comadreja confesó que ella «tenía» un capitán mercante, que le traía de sus viajes mil monadas y regalos, y proyectaba casarse con ella, andando el tiempo, cuando pudiese. En cuanto a Guardiana, declaró que no soñaba con tener novio, pues era imposible: ¿qué marido había de cargar con sus pequeños? Y ella no los dejaba ni por el mismo general Serrano que la pretendiese. Muchos le decían cosas; pero si se tratase de boda, ¡quién los vería echando a sus niños al Hospicio! ¡Ángeles de Dios! Y pensar que ella se metiese en malos tratos, era excusado: así es que nada, nada; la Virgen es mejor compañera que los hombrones. Animada por las confidencias, Amparo insinuó que a ella un señorito, un militar, la seguía alguna vez por las calles.

  —Ya sé quién es—chilló la Comadreja—. Es el de Sobrado. 

  ¿Quién te lo dijo, mujer?—exclamó Amparo maravillada. 

  —Todo se sabe—afirmó magistralmente Ana—. Pero estás fresca, hija. Ese lo que quiere es pasar el tiempo, y a vivir. ¡Buena gente son los Sobrados! Los conozco lo mismo que si viviese con ellos, porque justamente la que les cose es hermana de una amiga mía íntima. Avaros, miserables como la sarna. La madre y el tío son capaces de llorarle a uno el agua que bebe; el padre no es tan cutre, pero es un infeliz; lo tienen dominado, y pide permiso a su mujer cuando corta pan del mollete. Para hacerles a las hijas un vestido echan cuentas seis meses, y a la chica que llaman a coserlo la hacen ir tempranísimo para sacarle bien el jugo. Un día de convite parece que echan la casa por la ventana; pero todo se recoge, y no va a la cocina ni tanto así. Y están achinados de dinero. 

Amparo oía atónita. Nada más ajeno a su carácter rumboso, imprevisor, que la estrechez voluntaria.

—La madre... ¿ves aquella risita falsa?, pues es terrible. No puede entrar en su casa una muchacha regular; en seguida abrasa al marido a celos. Esta chica que les cosía no pudo aguantar.... Allí no hay nadie bueno sino la chiquilla mayor.

—Nos dio dulces una vez... es bien natural—respondió Amparo, que sintió cruzar por su espíritu la visión de la noche de Reyes.

¿Esa? Una santa... y no le hacen caso ninguno. La segunda, idéntica a su madre: le preguntaron un día con quién se había de casar, y dijo: «Con el tío Isidoro, que es rico». ¡El hermano de su padre, aquel viejo gordo, que parece una tinaja!

Guardiana soltó el trapo a reír con la mejor voluntad del mundo: Amparo, acordándose de una frase leída en un periódico, exclamó:

—¡Pero ha de poder tanto el vil interés!—Y meneando la cabeza, añadió—: Lo diría de broma, mujer.

—¡Sí, sí... buena broma te dé Dios! En esa familia todos son iguales, mujer; cortados por una tijera. Pues no digo nada del señorito, de tu adorador. Hace la rosca a la chiquilla de García, una empalagosa que no piensa más que en componerse y no sabe dar una puntada; pero el asunto es que se la hace por lunas, porque esas de García.... ¿No te gusta el cuento?

—Sí, mujer—gritó la oradora amostazada—. ¿Piensas tú que estoy muerta por semejante muñeco? Vaya, que me das gana de reír. Cuenta, mujer, que también se pasa el tiempo.

—Digo que le hace la rosca por lunas, porque esas de García tienen allá un pleito en Madrid, de no sé qué intereses del marido, que era corredor y se metió en una sociedad por acciones... en fin, no será así, pero es lo mismo. Si ganan, quedarán millonarias o poco menos, y cuando hay esperanzas de eso, la madre del de Sobrado le manda que se arrime a la doña Melindritos, y cuando viene de Madrid una mala noticia, que se desaparte.... ¡Uy, qué tipos!

Amparo, con la cabeza baja, enrollaba a más y mejor, febrilmente. Guardiana se hacía cruces.

—Es una una pobre...—murmuraba—. Es una una pobre, y no lo haría aunque le diesen....

—¿Y el otro?—siguió la implacable Comadreja que estaba ya resuelta a vaciar el saco—. ¿Y el amigote, el de los bigotazos, que parece que habla dentro de una olla?

¿El que le llaman Borrén?

—Ese, ese.... Un baboso con todas; a todas nos dice algo, y el caso es que con ninguna, chicas. Podéis creerme: ni esto. Tan aficionado a jarabe de pico, y tiene más miedo a una mujer que a los truenos.

Detúvose la Comadreja, y mirando fijamente a Amparo, añadió:

—Tú aún tienes otro obsequiante, pero te callas.

¿Quién, mujer?

—El barquillero. ¡Sí, que no está derretido por ti!

—¡Aquel animal!—exclamó Amparo—. Parece una patata cruda... mujer, hazme más favor.

Conclusión

La intención de la autora en este texto/obra es dar a entender que las mujeres estaban bajo lo socialmente correcto, es decir, debían casarse tener hijos, y cuidar de su familia. Emilia quiere mostrar que no es así, que las mujeres somos libres, y debemos hacer lo que queramos, y no estar bajo las órdenes de algo o alguien.

Nos ha parecido una obra realmente buena, ya que se puede ver reflejado como las mujeres quieren salir de esa "burbuja" a la que están sometidas, y cómo trabajan para cambiarlo. Sin los diálogos la obra hubiese sido muy simple en nuestra opinión, y que los haya, ha hecho una obra muy fácil de leer y divertida para nosotros.

Insolación


Alicia Gamero Gento. Insolación, de Emilia Pardo Bazán (CC BY-SA)

Introducción 

El fragmento está sacado de la obra narrativa Insolación de Emília Pardo Bazán. 

Emilia Pardo Bazán fue una escritora del periodo realista. Nació en La Coruña. fue una gran propulsora de los derechos de las mujeres y dedicó su vida a defenderlos tanto en su trayectoria vital como en su obra literaria. En todas sus obras incorporó sus ideas acerca de la modernización de la sociedad española, sobre la necesidad de la educación femenina y sobre el acceso de las mujeres a todos los derechos y oportunidades que tenían los hombres. Quería igualar los derechos y oportunidades de hombres y mujeres, que su voz y pensamiento fuera igual de válido. En esta obra con muchas cautelas, propias de la época, denuncia Pardo Bazán la hipocresía social, que defiende la libertad sexual de los varones y condena la de las mujeres. El relato cuenta la historia de cómo Francisca de Asís se ve atraída por Diego Pacheco, un gaditano con fama de seductor. Salen en un par de ocasiones juntos, pero siempre yendo a sitios remotos y donde nadie les conozca, a petición de la protagonista. Esto se debe a que no quiere que la gente de su alrededor la vea con él, por lo mal visto que estaba en una mujer tener un amante. En este fragmento Francisca de Asís se encuentra realizando los preparativos para irse a su ciudad natal en Galicia. Lo hace porque quiere evitar ver más a Pacheco. Sin embargo, interrumpe su amigo Gabriel Pardo. Mientras se encuentra hablando con él, llama a la puerta Pacheco y es entonces cuando su amigo se da cuenta del romance que tienen los dos.

Escena

Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba... —¡Jesús!... ¿Quién? ¿Pero dormía o soñaba o qué es esto? —Y la señora palpaba la almohada—. Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas! ¿Quién está?... ¿Quién?

—Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido a molestar? Por Dios, siga usted con sus preparativos... Me he encontrado a la chica; me dijo que mañana sin falta salía usted para nuestra tierra... Cuánto sentiré incomodarla... Me retiro, me retiro.

—Por Dios... De ningún modo... Tome usted asiento... Salgo en seguida... Estaba lavándome las manos.

Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dio polvos, se compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que La Época, y leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas señoritas de Amézaga...».

Apenas habían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.

—¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!...

El gaditano —lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo adivinaba— apenas se hubo sentado sacó del bolsillo un tarjetero de piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó a Asís, murmurando cortésmente:

—Marquesa... las señas que usted me pidió que le trajese. Las señas de la pitillera... ¿no recuerda usted? Puede usted copiarlas, o quedarse con el tarjetero, si gusta... Viéndolo se acuerda usted más del empeñillo.

¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba a su visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro don Gabriel...

Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en concordia, y don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre instituciones benéficas, por lo que se prestan a encubrir toda escapatoria masculina —así la del que va en busca de la propia felicidad, como la del que evita el espectáculo de la ajena—, verbigracia, Pardo.

Aflojó el paso al llegar a la esquina de la calle, y se puso a reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección. —¡Cómo escogen las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es así... Esta desazón, además, se parece un poquito a la envidia y al des... No, hijo, eso sí que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... y menos ese. O mucho me equivoco o le cayó que hacer a la infeliz. Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de servir a su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico a fuerza de indolencia y egoísmo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, a veces medran, con una apa- riencia de talento y la viveza propia del meridional; no tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve usted encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Ya las mujeres... qué diablo, estos hombres les caen en gracia... Eh, dejémonos de clichés... Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero...!

Así meditaba el comandante. ¿Era injusto o sagaz? ¿Obedecía a su costumbre de analizarlo todo, o a una puntita de berrinche? Se caló los lentes y se retorció la barba. ¿A dónde iría?

—Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta...!

Tras esta ingrata reflexión apretó a andar. La obscuridad de la noche le exaltaba, y ese grupo que ve con la fantasía todo el que sale huyendo de hacer mala obra a dos enamorados, se empeñaba en flotar, vaporoso e irónico, ante don Gabriel. Fortuna que este género de visiones no suele resistir a los efectos anodinos de una conferencia sobre «Ventajas e inconvenientes del escalafón en los cuerpos facultativos».

Conclusión 

En el texto se observa la mentalidad dominante de la época cuando describe el mundo social en que se sitúa la acción. Lo podemos observar en el modo en que la protagonista describe el miedo que siente porque alguno de sus conocidos la pueda reconocer en compañía de Diego Pacheco. En esta historia también se aprecia el machismo de la época, la presión social que sufren las mujeres, al contrario que los hombres, en lo que se refiere al deseo sexual.

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