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Josefina Aldecoa

Retrato de Josefina Aldecoa


Julia Soto Marín. Retrato de Josefina Aldecoa (CC BY-SA)

Josefina Aldecoa nació en Madrid el 8 de marzo de 1926, La Robla. ​Fue una escritora y pedagoga española, directora del Colegio Estilo. Estuvo casada con el escritor Ignacio Aldecoa con quien tuvo una hija llamada Susana.  Fue una de las escritoras más destacadas de la generación del 50. Mantuvo una estrecha vinculación con Cantabria, donde escribió la mayor parte de sus obras.

Josefina antes de que se muriera su marido se llamaba Josefina Rodríguez, pero cuando su marido murió adoptó el nombre como Josefina Aldecoa. 

Ella venía de una familia de maestros. Su madre y su abuela eran maestras que participaban de la ideología de la Institución Libre de Enseñanza, institución que nació a finales del siglo XIX con idea de renovar la educación en España. Se trasladó a Madrid en 1944, donde estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía, por la Universidad de Madrid.

Josefina era una mujer intelectual, inquieta, y nunca perdió la fe en el amor. En 1959 fundó en Madrid el Colegio Estilo, que fue para ella su gran obra. Se inspiró en las ideas vertidas en su tesis de pedagogía, en los colegios que había visto. En 1969 murió su marido y durante diez años abandonó la escritura dedicándose a la docencia, hasta que en 1981 publicó una edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. En 2003 obtuvo el Premio Castilla y León de las Letras. En ese mismo año publicó En la distancia, sus memorias. Josefina Aldecoa llegó a ser escritora por accidente. 

Pelo corto, le llegaba por encima de los hombros, era rubia con los ojos marrones, era una mujer delgada y muy presumida.

Su género literario era la novela. Sus obras más notables fueron:

Historia de una maestra (1990)

Mujeres de negro (1994)

La fuerza del destino (1997).

Por desgracia falleció el 16 de marzo de 2011 en Mazcuerras, Cantabria, a causa de una insuficiencia respiratoria. Fue incinerada en una crematoria de Santander.

Enlace al proyecto "Aprender con las mujeres": 

Retrato gráfico de Josefina Aldecoa
Gema González López. Retrato gráfico de Josefina Aldecoa (CC BY-SA)

Historia de una maestra


Gema González López. Lectura de Josefina Aldecoa, Historia de una maestra (CC BY-SA)

Mi lectura esHistoria de una maestra, novela de Josefina Rodríguez Álvarez o también conocida como Josefina Aldecoa, apellido de su marido Ignacio Aldecoa. Después de su fallecimiento, Josefina decidió adoptar su apellido para su carrera literaria. 

Josefina Aldecoa nació en marzo de 1926 en León y falleció en marzo de 2011 en Cantabria. 

Josefina fue una escritora y pedagoga de la Generación del 50. Historia de una maestra fue escrita en 1990 como regalo a su madre, que fue maestra y en homenaje a los maestros de la República que cruzaron montañas y largos caminos a pueblos perdidos donde esperaban niños a los que nadie, hasta entonces, se había preocupado de enseñar a leer y a escribir. 

Gabriela López Pardo es la protagonista de esta novela, ella es recién licenciada en la enseñanza y, con 24 años, va a dar clases a un pueblo aislado de todo lo que le rodea. Eran 30 en la clase, algunos pequeños y otros un poco más mayores, algunos no sabían ni escribir y otros estaban un poco más avanzados pero el nivel de los niños era sorprendentemente bajo para su edad. A Gabriela siempre le esperaban madres a la hora de la salida del colegio, madres con dudas médicas, de higiene o de falta de conocimientos sobre algún tema concreto. Le preguntaban a la maestra ya que en el pueblo no había ningún médico ni nadie más que pudiera darles respuestas. 

Leeremos cada uno una parte ya que todo el tiempo habla Gabriela además de otros personajes.

 

Gema: Gabriela y narradora

Marta: María (vecina del pueblo) y narradora

Luis: alcalde del pueblo y narrador

Alberto: narrador

Mi fama creció rápidamente y sin saber cómo, al mes de instalarme en la escuela, siempre había alguna mujer esperándome a la salida. Sus consultas eran variadas, no siempre de medicina. La mayor parte pude resolverlas con sentido común y buena voluntad. Se me ocurrió dar a la nueva situación una salida más eficaz. Fui a ver al Alcalde y le dije:

—Si no le parece mal pensaba organizar clases de adultos. Las mujeres vienen muchas veces a hacerme consultas y me parece mejor que cuenten con una hora fija. Les iré preparando charlas sobre lo que más les pueda interesar...

Su primitiva hostilidad no había desaparecido.

—Y qué tienen que aprender las mujeres. Tarea les sobra con atender la casa y los animales.

No insistí. Estaba dispuesta a seguir adelante. El esperaba tener que rebatir mis argumentos y al ver que éstos no llegaban su reacción fue más suave.

—Haga lo que quiera. Siempre se tiene que salir con la suya...

Yo sabía que estaría informado de mi actuación y que si algo había en ella que no le gustara, me lo haría saber. De modo que un día a la semana, los jueves, reuní a las mujeres que quisieron venir. Empecé por la higiene doméstica. Al principio eran cuatro o cinco. Al cabo de un tiempo llegaron a diez.

A finales de octubre el tiempo empeoró. Los cielos azules del otoño se cubrieron de nubes y un cierzo helado azotó los montes y los valles.

El día de Todos los Santos amaneció nevado. Abrí el portillo y vi pasar gentes aisladas que se dirigían al cementerio. Algunos llevaban en la mano manojitos de flores malvas y rosadas, flores silvestres que hasta hacía poco tiempo resistían en las praderas altas de la montaña. O geranios rojos, cultivados en macetas de lata, en un rincón abrigado del portal. Las campanas tocaron a muerto.

María se fue a la Iglesia con una vela. «Valdrá más que las flores», murmuró. Cerró la puerta al salir y desde fuera me dijo:

—Quítese de ahí que va a coger un pasmo.

Seguí su consejo y ajusté el portillo. La cocina estaba oscura y sólo las brasas del hogar difundían un leve resplandor, un parpadeo que se apagaba y se encendía al consumirse la leña lentamente.

La amenaza del invierno ya estaba empezando a cumplirse. Se habían acabado los paseos a los bosques cercanos, la suavidad del sol de octubre que bruñe las hojas de los árboles. La primera nevada era el anuncio de muchos días grises, y era también el aislamiento definitivo. A veces, durante meses, ni las cartas llegaban al pueblo, inaccesible para los caballos y los hombres.

La escuela sería mi único recurso. Por entonces, ya empezaba a sentir esa profunda e incomparable plenitud, que produce la entrega al propio oficio. Me sumergía en mi trabajo y el trabajo me estimulaba para emprender nuevos caminos. Cada día surgía un nuevo obstáculo y, a la vez, el reto de resolverlo. Los niños avanzaban, vibraban, aprendían. Y yo me sentía enardecida con los resultados de ese aprendizaje que era al mismo tiempo el mío.

Nunca he vuelto a sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente de que podía llenar mi vida sólo con mi escuela.

Cerraba la puerta tras de mí al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que juntos , íbamos a hacer, me trastornaban, me embriagaban. Leíamos, contábamos, jugábamos, pintábamos, nos asomábamos a mundos lejanos en el tiempo y el espacio; nos sumergíamos en mundos diminutos y cercanos que encerraban milagros naturales.

Tras el descubrimiento de América, corría veloz el descubrimiento de la circulación de la sangre. Tras la solución de un problema aritmético, la reflexión sobre un poema. Y luego, por qué brillan las estrellas, por qué el hombre ha conseguido volar. Por qué, por qué... 

Yo me decía: No puede existir dedicación más hermosa que ésta. Compartir con los niños lo que yo sabía, despertar en ellos el deseo de averiguar por su cuenta las causas de los fenómenos, las razones de los hechos históricos. Ese era el milagro de una profesión que estaba empezando a vivir y que me mantenía contenta a pesar de la nieve y la cocina oscura, a pesar de lo poco que aparentemente me daban y lo mucho que yo tenía que dar. O quizás por eso mismo. Una exaltación juvenil me trastornaba y un aura de heroína me rodeaba ante mis ojos. Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí.



Conclusión

Creo que la intención de la autora al escribir este libro es mostrar la situación y la escasez de conocimientos que tenían las personas en aquella época. Como habéis podido ver, sobre todo la mujer no tenía apenas conocimientos sobre cosas del día a día y ansiaban obtener información y aprender de la experiencia de otras mujeres. 

En mi opinión, Gabriela es una mujer empoderada que pretende ayudar a todas las personas que sea posible.



Lectura preparada por Julia Soto Marín

Introducción

Josefina Aldecoa nació en La Robla, Madrid el 8 de marzo de 1926. ​Fue una escritora y pedagoga española, directora del Colegio Estilo. Estuvo casada con el escritor Ignacio Aldecoa con quien tuvo una hija llamada Susana.  Fue una de las escritoras más destacadas de la generación del 50. Mantuvo una estrecha vinculación con Cantabria, donde escribió la mayor parte de sus obras. En 1959 fundó en Madrid el Colegio Estilo, que fue para ella su gran obra. Se inspiró en las ideas vertidas en su tesis de pedagogía, en los colegios que había visto. En 1969 murió su marido y durante diez años abandonó la escritura dedicándose a la docencia, hasta que en 1981 publicó una edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. En 2003 obtuvo el Premio Castilla y León de las Letras. En ese mismo año publicó En la distancia, sus memorias. Josefina Aldecoa llegó a ser escritora por accidente, pero demostró sobradamente su valor. Por desgracia falleció el 16 de marzo de 2011 en Mazcuerras, Cantabria, a causa de una insuficiencia respiratoria. Fue incinerada en una crematoria de Santander.

Lectura 

Los niños eran todos negros. La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban. Todos dijeron que estaba loca cuando la elegí. Yo tenía veinticuatro años y afán de aventuras. Si fuera hombre... pensaba. Un hombre es libre. Pero yo era mujer y estaba atada por mi juventud, por mis padres, por la falta de dinero, por la época. Era el año 1928. En la oposición había sacado un excelente número: la tercera entre cincuenta. Miré los mapas y el punto más lejano de la tierra al que podía llevarme mi carrera estaba allí, en la línea del Ecuador. Una franja pequeñísima de África, unas islas, un nombre que cruzaba sobre el mar y se adentraba en el continente: Guinea Ecuatorial. Aquél sería mi destino. Pensé en don Wenceslao: «Si algún día...», me había dicho y en seguida había rectificado: «Pero usted nunca va a caer por allí.» No puedo decir que me influyera el recuerdo del viejo amigo. Hasta su Guinea me parecía distinta de la que yo estaba eligiendo. Yo no iba a negociar ni a hacer fortuna. Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender, a buscar paisajes nuevos, nuevas experiencias, en un país que además de exótico era nuestro. Así que lo arreglé todo, desoí los consejos y los llantos familiares y me bajé hasta Cádiz para embarcar. Cádiz era el extremo sur, el final de mi mundo. De Cádiz arranqué un día de septiembre y atrás dejaba límites y ataduras. Y el recuerdo de una escuela perdida entre montañas.

Cuando el barco zarpó yo veía la tierra alejarse desde el puente. No quería pensar en lo que abandonaba. Necesitaba la fuerza de los emigrantes, el valor de los conquistadores. Recordé el último consejo de mi padre, arrancado de una de sus lecturas:

«La aventura puede ser loca, el aventurero no.» Y un respingo de emoción me asaltó mientras la costa española se desdibujaba a lo lejos.

(...)

Al regresar el primer día de nuestra excursión sanitaria, Emile [el médico del Hospital] despidió al practicante negro que nos había acompañado y me invitó a visitar su casa. Vivía con su madre, cerca del Hospital. La madre me recibió con extrañeza y miró a su hijo con un silencioso reproche. El me invitó a sentarme y me ofreció un refresco frutal y azucarado.

—Dentro de pocos días —me dijo—, será vino pero aún es sólo una bebida refrescante...

Me enseñó sus libros y una colección de revistas de viajes y el periódico El Sol que recibía de la Península. Charlamos bajo la mirada severa de la madre y el zumbido del ventilador que giraba en el techo.

-Mi madre no cree en los blancos. Desconfía de ellos aclaró al despedirnos.

Nunca, antes, me había detenido a analizar el significado de la palabra racismo, pero no tardaría mucho tiempo en comprender que la reacción de la madre de mi amigo no era un hecho aislado y caprichoso sino la consecuencia de una realidad ampliamente extendida.

***

El párroco me había hecho llamar y acudí a visitarle.

—Hija mía —me dijo—, usted sabe que estos negros practican religiones salvajes. Nuestra misión ha sido siempre cristianizarlos. Hoy están muchos bautizados, sobre todo los que viven en las ciudades y sus cercanías, pero queda mucho por hacer. Ustedes, los maestros, tienen que ayudarnos...

Se me quejó después de la persistencia de los negros en sus antiguas creencias y de la mezcla ingenua de los ritos cristianos con los suyos. Me pedía que, cercana la Navidad, acudiese a la Iglesia con los niños a rezar y a cantar villancicos. En un intento de convivencia tranquila, acepté su sugerencia, aunque estaba descansando en mis vacaciones y no veía clara mi obligación misionera.

La noche del 24 asistí a la Misa del Gallo y me coloqué detrás de los niños que habían aprendido varios villancicos con facilidad y bastante entusiasmo. Cuando terminó el oficio religioso salí a la calle y en la oscuridad me tropecé con Emile. Me saludó efusivo y a continuación me invitó a seguirle.

—Quiero que vea nuestra verdadera fiesta...

Por toda la ciudad, recogida en torno a la bahía, resonaba la música de los negros. Los cánticos, los golpes obsesivos de los bongos, los bailes enfervorizados.

Sólo ellos habitaban las calles. Seguían la fiesta comenzada en la Iglesia y la transformaban en algo exclusivamente suyo que brotaba al calor de la música y del alcohol fermentado de la palma. Por calles y callejas, el rumor penetraba en las casas de los blancos que celebraban dentro su propio júbilo ritual.

Paseábamos silenciosos cerca del agua, por el puerto donde descansan los barcos, y los lanchones y el frenético fluir de la música nos rodeaba.

—Todo esto es nuestro —dijo Emile—, nos pertenece y nadie puede quitárnoslo, pero nos destruirán si no salimos de la ignorancia y la esclavitud en que vivimos...

Se había puesto triste y cuando me retiré a mi alojamiento, sus palabras volvían una y otra vez a mis oídos. Llevaba viviendo suficiente tiempo en la isla para comprender que sus problemas tenían mal arreglo. Nadie, que yo supiera, estaba interesado en resolverlo y pocos, entre ellos mismos, eran conscientes de las raíces de sus males.

Cuando empujaba la puerta de mi cuarto para entrar en él, una sombra salió de la oscuridad del pasillo. Creí que era Manuel porque la sombra se movía con torpeza y pensé que estaba bajo los efectos de las bebidas de la fiesta.

—Manuel —grité—. Manuel.

Nadie contestó. Entré en mi cuarto y traté de correr el desvencijado cerrojillo que me protegía del exterior. Pero la sombra, de un empujón, abrió la puerta y me echó a un lado.

—Manuel —volví a gritar asustada.

No era Manuel. Su cara desencajada se acercó a la mía y pude distinguir, a la débil luz que se filtraba por la ventana, la cara blanca, las manos blancas, las oscuras palabras del Administrador del Hospital.

Me abrazaba con fuerza y pretendía besarme, me escupía su aliento de borracho, murmurando con furia:

—Si eres buena para el negro también lo serás para mí...

Forcejeé como pude y traté de desembarazarme de él pero no lo conseguí y ya sentía su cuerpo sudoroso sobre el mío cuando pude gritar. Mi grito resonó por encima de la música, la fiesta, la ciudad negra. La puerta se abrió y ahora sí, era Manuel, Manuel que se quedó mudo e inmóvil en el umbral. Pero fue suficiente para que mi agresor reaccionara. Se alejó de mí y de un manotazo lanzó contra la pared a Manuel. Cuando desapareció me tumbé en la cama y me eché a llorar mientras Manuel cerraba la puerta y se retiraba escaleras abajo, respetando mi soledad y mi dolor.

Conclusión

Josefina Aldecoa escribió la novela como regalo para su madre. También hizo este libro como homenaje a los maestros de la República que cruzaron montañas y secarrales de camino a pueblos perdidos donde esperaban niños perdidos a los que nadie, hasta entonces, se había preocupado de enseñar a leer y escribir.

Gracias a este libro he podido hacer un ejercicio de imaginación sobre cómo eran las escuelas hace no tantos años. Al pensar en los colegios actuales y comparar con las escuelas descritas en Historia de una maestra, me quedo asombrada de la rápida evolución que se está produciendo. 

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